Cultura individualista en las empresas

Cultura individualista

Cultura individualista

Se habla mucho del individualismo en nuestra sociedad, y resulta interesante plantearse cómo la cultura individualista está influyendo en los resultados y en el funcionamiento de las empresas y organizaciones. Sin duda, la cultura actual condiciona la actividad profesional, y conviene que las organizaciones, a la hora de diseñar objetivos y elaborar planes de acción, tengan en cuenta que el individualismo se traduce en una forma de afrontar los planes de las empresas. ¿La cultura de tu organización reflejada en objetivos está alineada con la forma de actuar de cada profesional que los lleva a cabo? Si no es así, difícilmente saldrán los planes adelante…

La cultura individualista

Desde por lo menos finales del siglo XVIII, el expresivismo romántico hizo emerger una tendencia individualista que, siguiendo a Charles Taylor, podemos llamar “cultura de la autenticidad”. Sería una concepción de la vida según la cual cada uno tiene su propia forma de manifestar su humanidad, y que es importante descubrir para vivir de acuerdo con ella, y no conformarse con un modelo impuesto desde fuera, por la sociedad, por la generación previa, o por una autoridad política o religiosa. En una sociedad urbana moderna, donde se mezclan gran cantidad de personas que no se conocen ni tienen ningún trato entre sí, y que, sin embargo, se influyen mutuamente formando el contexto ineludible de la vida de cada uno, nos movemos en una zona intermedia entre la soledad y la comunicación.

Esta cultura individualista de la “autenticidad” desemboca actualmente en lo que denominamos individualismo, que, desde mi punto de vista, tiene dos componentes: una componente individualista y otra individualizante. La autenticidad individualista haría referencia a un proceso de decadencia moral, mientras que la autenticidad individualizante se refiere a la construcción, a la generación del “yo” como sujeto. Este yo como sujeto emerge como una novedad social histórica que conlleva muchos beneficios personales y colectivos. Las encuestas muestran que las generaciones más jóvenes están sensibilizadas hoy día con una gama mayor de preocupaciones morales que generaciones anteriores. No relacionan, sin embargo, estos valores con la tradición, ni aceptan que las formas tradicionales de autoridad legislen en cuestiones relativas al estilo de vida. Estamos ante lo que podría llamarse un individualismo institucionalizado. Así, la mayoría de los derechos y titularidades que confiere el Estado de bienestar, por ejemplo, están destinados a individuos en lugar de a familias. La “invitación” consiste en constituirse como individuos, recibimos una invitación a organizarnos, entendernos y diseñarnos como individuos. El personaje central de nuestro tiempo es el ser humano capaz de escoger, decidir y crear, que aspira a ser autor de su propia vida, creador de una identidad individual. Cualquier intento de crear un nuevo sentido de cohesión social tiene que partir del reconocimiento de que el individualismo, la diversidad y el escepticismo forman parte de la cultura occidental.

La cultura individualista y el sujeto de las empresas

Alain Touraine, en “A la búsqueda de sí mismo. Diálogo sobre el sujeto”, sostiene que las referencias a los grandes valores han desaparecido y han sido sustituidas por un individualismo de la autenticidad y de la apertura a los otros. Estaríamos ante la responsabilidad personal y la responsabilidad colectiva.

“El sujeto es el sentido encontrado en el individuo y que permite a éste ser actor. El sujeto es la conciencia del deseo, del esfuerzo del individuo por ser un actor, por vivir su vida.” (Alain Touraine)

Hoy, siguiendo a Touraine, pretender explicar las conductas sociales a partir de la economía, de las clases sociales, de la religión, de la nación, etc., se ha vuelto difícil, o podríamos decir imposible. La noción de sujeto reemplaza a la idea de ciudadanía propia de nuestro pasado más reciente; el sujeto ya no se identifica con una “sociedad ideal”. Actualmente, nos podríamos atrever a afirmar que el ideal es liberar al sujeto personal de los imperativos impuestos por el poder económico y las nuevas tecnologías, por los cambios incesantes en la vida profesional o por el paro. La experiencia fundamental del sujeto es la distancia con respecto al “sí mismo” (el carácter no institucionalizable del sujeto). La reivindicación del sujeto no consiste en absoluto en “hacer lo que a uno le plazca”, sino en liberarse de las redes de la información, de los sistemas o el mundo de comunidades defensivas y cerradas que se han apoderado de nosotros. Consiste, entonces, en plantearse cómo sobrevivir personalmente en un mundo que destruye la individualidad, la autonomía… La idea de sujeto, por tanto, sería la capacidad de reflexionar sobre sí mismo para poder reconocerse en la vida que uno lleva y que nos es impuesta por el nacimiento, el paro, la televisión, los poderes… Se trata de “hacer que mi vida sea mi vida”.

Reconocer la distancia con respecto al “sí mismo” es poder afirmar que yo soy “yo” y también “el que dice yo. La consecuencia de esta experiencia fundamental que sustenta la cultura individualista cada vez más asentada es que el actor social que trabaja en las empresas y en toda clase de organizaciones reivindica con empeño profundo la individualización, la individuación, la singularidad, la subjetivación. Y este es el camino que conduce más directamente a la solidaridad y a la fraternidad.

Objetivos y planes de acción en la cultura individualista

Por todo esto, la responsabilidad personal y colectiva del sujeto individualizado, singular, autónomo, exige para su implicación como actor en las empresas que su actividad cotidiana le permita realizar su subjetivación. Con otras palabras: las empresas que quieran motivar y generar engagement (compromiso, implicación) deberían incluir en sus planes de acción unos objetivos y metas que impliquen al personal de la organización. Y esta implicación supone, también, que el plan de acción esté orientado tanto a resultados como a la construcción de la vida que el personal quiere para sí y los suyos así como la construcción de una sociedad mejor.

Está demostrado que el empleado más feliz es el más rentable. Si las organizaciones buscan resultados y rentabilidad, en una cultura individualista como la nuestra, deben a la vez generar cauces que no sólo aporten retribuciones económicas, sino que también faciliten y favorezcan la construcción de la vida que quieren cada uno de los que trabajan en ellas. Los planes de acción y los objetivos de las empresas deben servir también para que cada empleado pueda conseguir la vida que cada uno quiere. Ésta es una manera sencilla de hablar de alineamiento entre los intereses de los empleados y de las organizaciones. Si una empresa no cuida la realización del sujeto que trabaja en ella, no logrará el engagement, ni la motivación que espera de él o ella. La cultura individualista no ha de tenerse en cuenta únicamente de cara a los clientes; es igualmente necesario que se considere ya desde el funcionamiento interno de la estructura organizacional. ¿Cómo diseñar, entonces, planes de acción y objetivos en tiempos de cultura individualista? Los próximos artículos nos ayudarán a profundizar en esta cuestión: Tipos de objetivos para la empresa actual y Cómo elaborar un plan de acción.

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