El potencial de las organizaciones en el mundo actual

El potencial de la humanidad

Es un tiempo convulso el que vivimos. Muchas de las cosas, estructuras, formas a las que estábamos

El potencial en las organizaciones

El potencial en las organizaciones

acostumbrados se resquebrajan, se tambalean e incluso caen y se destruyen. Ideas, creencias, maneras de hacer, de relacionarnos…, parece como si ya no valieran, como si lo que se ha vivido no haya sido bueno, como si nada de lo anterior importara, como si todo diera igual… Y el potencial de las organizaciones y el talento de las personas no se desarrollan con facilidad.

Sorprende echar un vistazo a las historia, a los acontecimientos pasados y a las formas de pensamiento que nos han precedido. Curiosamente, esta sensación que he descrito ya se ha vivido repetidas veces.

Las preguntas antiguas

Si nos ceñimos a Occidente, ya Parménides, como representante de un legado, nos dejaba abierta la pregunta aparentemente contradictoria entre el “ser” y el “no-ser”. ¿Qué es el ser?; ¿qué es lo que es? ¿Es posible no ser?, ¿se puede plantear el no-ser? Más tarde, hemos resuelto, aparentemente, la cuestión al referirla a cuestiones de lenguaje: lo que se puede decir y lo que no; lo que tiene significado y lo que no significa nada para los que hablamos. Y literatura al respecto no falta.

Realmente, esta es una pregunta por el mundo, por la experiencia del mundo. El devenir científico occidental, con el paso del tiempo ha ido constriñendo dicha pregunta: las respuestas habían de ser mensurables y cuantificables; de este modo, lo que se ha conseguido es reformular la pregunta, quizá no en su expresión, sí en su significado. Esos a los que llamamos antiguos, se estaban preguntado por una experiencia, por una vivencia. La pregunta de aquéllos por el “ser” era una pregunta filosófica, y no racionalista aunque sí racional. De ahí las aportaciones de algunos que también han resultado representantes de una forma de entender: Platón y Aristóteles. Sus respuestas a esta pregunta indicaban a motivaciones vivenciales, existenciales, y no sólo racionales.

Las preguntas modernas

Nos gusta pensar que Descartes es otro de los que suponen un antes y un después en nuestras formas de interpretar la realidad: “con él se inicia el racionalismo”, en su sentido amplio, sin detenernos a dividir entre racionalistas y empiristas. Aún así, Descartes es otro de esos representantes que suponen la cúspide de un movimiento de la humanidad que, por lo menos, se ha iniciado en los tiempos de Agustín de Hipona e incluso de Sócrates, curiosamente contemporáneo de los dos griegos anteriores. Y esto es otra pista para comprender cómo en la humanidad laten multitud de potencialidades que emergen cuando ésta se halla preparada. Y nos referimos a un racionalismo que ya se llevaba siglos practicando. La diferencia es que en Occidente, ese racionalismo estaba siendo aplicado al conocimiento de lo que hemos llamado Dios. Así, si los antiguos se preguntaban por el mundo, los medievales los hacían por Dios, nos gusta decir. En consecuencia, a partir de Descartes, también nos gusta decir que nos hemos preguntado por el ser humano.

Nuevo potencial para una nueva humanidad

Como se puede suponer, a medida que los focos de atención han ido variando, los tiempos convulsos se han ido sucediendo, dicho a grandes rasgos, pues en la medida en que hablásemos de periodos más cortos o de espacios más pequeños, tendríamos que hacer mención de más “tiempos difíciles” en más lugares. Continuando en la perspectiva amplia, esos tiempos convulsos se han sucedido, por ejemplo, a consecuencia de la “globalización de Alejandro Magno”, o de la “globalización romana”, o de la “globalización carolingia”, o de la “globalización española” o de la “globalización” actual. Todos estos grandes acontecimientos implicaron nuevas estructuras físicas y mentales, nuevas relaciones y nuevos conocimientos. La consecuencia, en definitiva, fue, cada una de esta veces, un cambio de conciencia de la humanidad.

Potencial y cambio

Como todo cambio, la primera consecuencia que trae es la inseguridad. El cambio rasga el suelo en el que nos asentamos: el suelo de nuestras maneras de pensar, el suelo de las instituciones que respondían a esa forma de pensar, el suelo de la economía que sustentaba todas esas estructuras y que, a la vez, las alimentaba. Dicho de otra forma: cada vez que se produce un cambio de conciencia, nuestra interpretación esencial de la vida y nuestra organización existencial de la vida se resquebrajan, pues responden al mundo anterior al cambio. En resumen: nuestros esquemas religiosos, políticos y económicos caen. Dependiendo de la magnitud del cambio de conciencia, caen definitivamente o varían adaptándose a la nueva conciencia de lo que somos.

Conviene matizar algo importante: cuando “decidimos” que el cambio se ha producido, evidentemente no ha sido algo momentáneo y totalmente delimitado. Seguramente nos refiramos a un proceso de años y puede que de siglos y el cambio es global. Puede haber sido motivado por un descubrimiento geográfico o por un descubrimiento tecnológico o por un conocimiento más cercano a la “verdad plena”, pero el cambio se da, paulatinamente, en todos los ámbitos de nuestra existencia: en la interpretación del sentido de la humanidad (religión), en nuestras maneras de organizarnos (política) y en nuestras opciones para generar la riqueza que necesitamos para sobrevivir (economía). La inseguridad que provoca el saber que lo que sustentaba nuestras creencias de todo tipo, creencias religiosas, creencias políticas, creencias económicas, cae, es lo que genera la convulsión. Hay quien reacciona tratando de mantener el orden existente hasta el momento y hay quien se mueve hacia lo novedoso. Y, lamentablemente, en demasiadas ocasiones la humanidad se ha enfrentado ante cuestiones de creencias (religiosas, políticas o económicas o todas juntas), muchas veces teñidas por cuestiones de poder, honores y riquezas. Es un enfrentamiento, en su base, que se produce por el movimiento entre la seguridad y el desarrollo. Todo cambio implica cierto riesgo. Además, cuando las posturas de las partes en cambio se enconan, unos suelen dejar de ver las bondades que trae el cambio y otros las bondades que el cambio podría perder: ni todo lo anterior fue malo ni todo lo nuevo es lo mejor.

Sin duda, el siglo xx ha significado para la humanidad un gran cambio. Hay un antes y un después de este siglo para la humanidad que hoy somos. Se han producido más cambios grandes y significativos en sólo un siglo que en el resto de la historia de la humanidad. Por consiguiente, el movimiento entre la dualidad seguridad-desarrollo está más vigente que nunca.

Hoy manejamos ciertas “evidencias”. Por un lado, sabemos que era falsa la idea religiosa de un Dios “manejando los hilos” del mundo y de cada historia personal. La ciencia nos demuestra, y cada día más, la “autonomía de la realidad” respecto de esa idea de Dios. Por otro lado, sabemos también que es falsa la idea pseudo-científica y política de que el progreso científico traerá, como consecuencia del desarrollo, la mejor de las sociedades, el mejor de los Estados posibles. Y, sin duda, sabemos que es falsa la idea de una economía como ciencia infalible y autónoma, es decir, independizada de la ideología política y religiosa.

No obstante, todas estas ideas, que estamos expresando de manera generalizada y como representantes de muchas más anotaciones que habría que hacer para ser más exactos, son las que han hecho que la humanidad evolucione hasta el gran cambio en el que nos encontramos. No era inevitable llegar hasta aquí; tampoco es la mejor ni la peor evolución que podía haber sido; sencillamente, todos nuestros vaivenes han devenido en lo que somos y en lo que hemos construido. Algunas cosas nos pueden gustar más, otras menos. Sin embargo, lo cierto es que la conciencia de la humanidad nunca ha sido tan grande, tan profunda, tan consciente.

Potencial y evolución

Sin detenernos demasiado en la evolución biológica de los seres humanos, podemos referirnos a algunos cambios evolutivos que han sido especialmente significativos: el cambio a nuestra forma bípeda con su correspondiente desarrollo de las habilidades manuales y el desarrollo del neo-córtex con la aparición del lenguaje han posibilitado unas opciones evolutivas imposibles todavía para otros seres. No sabemos cuáles ni cuántas son esas opciones, pero sí podemos intuir que no sólo hay una “buena”, “mejor”, sino que, sencillamente, evolucionamos y alcanzamos un futuro que es fruto de nuestra construcción, de nuestra “creación” (si nos gusta más, co-creación). Y eso es lo que hemos sabido hacer; en ese sentido, es la mejor de las opciones evolutivas, pues no estábamos preparados para hacer otra cosa, dado el nivel de conciencia con el que vivíamos.

Por buscar otra vez un representante, desde Aristóteles nos hemos fijado más en la diferencia que en la igualdad o en la semejanza. Y la diferencia era nuestra capacidad racional. Y hasta tal punto nos hemos fijado en la diferencia que hemos llegado a autodefinirnos como “seres racionales”, sin más… ¿Y qué era lo mejor que podíamos hacer? Vivir conforme a nuestra racionalidad, dando a esta facultad la supremacía que le corresponde. Una de las consecuencias es que, como somos los seres con mayor capacidad racional de la Tierra (que sepamos), somos los seres superiores, con mayor dignidad, y todo debe estar supeditado a nuestros pareceres.

En nuestros días (e igualmente que en otras ocasiones) estamos en condiciones de ir más allá; hoy podemos fijarnos también en las semejanzas. Y modificando el foco de atención, nos hemos dado cuenta de que, además de inteligencia cognitiva, somos inteligencia emocional, inteligencia corporal, inteligencia de campo y todo ello acompañado por una sabiduría esencial que no nos abandona. Y podemos desarrollarlas… La inteligencia cognitiva, nuestra “gran diferencia”, nos ha permitido ampliar nuestra conciencia de lo que somos como seres humanos, del mundo y de ese “Todo” que somos con el mundo, y construir un mundo diferente. Agradecidos por ello, podemos preguntarnos: ¿y hemos llegado al límite de nuestra evolución? Con facilidad decimos que no, que podemos seguir desarrollando nuestras capacidades mentales. Y también podemos asegurar que podemos dar un salto evolutivo desarrollando el resto de inteligencias que hemos dejado en segundo plano… ¿Cómo hacerlo? Quizá no tengamos aún respuestas definitivas a esta pregunta, pero sí estamos en condiciones de afirmar que “cambiando” nuestra interpretación de lo que es el ser humano, de lo que es el mundo, de lo que es eso que hemos llamado Dios. Y podemos hacerlo como hemos hecho otras veces: cambiando nuestro foco de atención.

Más potencial y talento desde un nuevo foco de atención

El siglo xx, como culminación de un proceso iniciado al menos en el Romanticismo, ha traído el desarrollo de un individualismo jamás vivido. No significa que no hayamos ido viviéndolo (recordamos, por ejemplo, cómo Sócrates y los sofistas ya se referían a planteamientos individualistas; cómo la religión judía introdujo al Dios “persona”, con el que se podía establecer una relación individual; y cómo la política ha desarrollado los derechos individuales), significa que la manera en que nos sentimos hoy individuos es una nueva forma de sentirlo. En el movimiento seguridad-desarrollo que ya hemos mencionado, para unos este individualismo casi es una lacra que rasga las bondades humanas; para otros, casi exacerbadamente, afianza la necesaria libertad, fundamento de derechos de las personas. Otra vez, ni todo lo anterior era malo ni todo lo nuevo es lo mejor. Lo que sí se puede vislumbrar es cómo este individualismo -únicamente posible en una sociedad que garantiza la supervivencia personal fuera del clan, de la familia o de la tribu, hasta el punto de que es posible sobrevivir como “familia unicelular”- supone un cambio de conciencia de quiénes somos cada uno de nosotros. En otras épocas, las referencias a la comunidad eran inevitables, imprescindibles; hoy, cobran importancia también las referencias al individuo en sí.

Podemos, por tanto, enriquecer el foco de atención sobre el que nos estábamos preguntando atendiendo a la diferencia y a la semejanza, a la multiplicidad y a la individualidad. En definitiva, volvemos a la gran pregunta de Parménides sobre lo que “es”. ¿En qué consiste ese “Ser” que es diferente y semejante, que es múltiple y uno? No podemos seguir sosteniendo que estas cuestiones son meramente pasatiempos de filósofos, improductivos e irrelevantes para la vida cotidiana. Las estamos viviendo, traducidas a lo cotidiano, pero viviendo… ¿Significa que tenemos que regresar a Parménides? No exactamente. Hoy estamos en condiciones de dar respuestas más ricas que las que se podía dar en los tiempos de Parménides. Lo que sí significa es que nos conviene recuperar la pregunta por el “Ser”, tan denostada por la ideología racionalista.

Nuevas respuestas y más potencial

Tal recuperación necesita, para posibilitar nuevas respuestas, la ampliación de la mirada o la ampliación de la conciencia. Podemos poner en juego todas nuestras “inteligencias” y podemos focalizarlas en un objeto de conocimiento que nos permita tratar, estudiar, al mismo tiempo la diferencia y la semejanza, la multiplicidad y la unidad. Para ello, herramientas como la PNL, el Coaching y la Neuromeditación resultan de las más efectivas. Y dado que de estas nuevas respuestas somos capaces de hablar por nuestras vivencias, hemos de buscar allí donde se producen nuestras vivencias. ¿Dónde? En el “interior” de cada uno de nosotros. O mejor dicho, en el “hombre interior”, siguiendo la expresión de Agustín de Hipona. Allí (y decir “allí” es señalar “eso que somos” en lo más íntimo) es donde se está manifestando y donde siempre se ha manifestado todo nuestro potencial, el potencial de la humanidad que se traduce en el potencial de las organizaciones. Y buscar de forma interdisciplinar.

Los antiguos se referían a su vivencia del Ser, pero trataban de explicarlo mirando afuera. Las religiones, al menos la mayor parte de ellas, hablaban y hablan de la vivencia interior del Ser que han llamado Dios, pero su desarrollo racionalista ha situado y buscado ese Dios afuera, como separado. Y el estudio contemporáneo de la autoconsciencia humana ha dejado de lado la pregunta por el Ser, ya no lo busca ni afuera ni adentro. El cambio de conciencia individualista ha abierto la puerta hacia adentro. El potencial de la humanidad se encuentra en eso que llamamos “interior”. ¿Y qué es el interior del ser humano? De otra forma: ¿cuál es realmente el potencial de la humanidad? Son preguntas que requieren respuestas “trans-racionales”, lo que significa más allá de lo racional y no significa irracionales. Convocar la inteligencia cognitiva, la emocional, la corporal, la de campo electromagnético y la sabiduría esencial para un nuevo acercamiento a nuestro potencial nos dará la pista para responder a esa pregunta por el “Ser” que somos en el “interior”, interiormente. Y comprenderemos cómo es eso que somos interior y exteriormente a la vez, como múltiple y como uno, como diferente y como semejante… Nos acercaremos a comprender cómo es posible lo Uno como Todo siendo a la vez individualmente “ser” y “Ser”. El primer paso consiste en ampliar nuestro nivel de conciencia.

Somos cambio, evolución. La afirmación de una meta de plenitud humana puede que carezca de sentido si se considera que la plenitud humana es la misma capacidad de cambio, la misma capacidad de ampliar el nivel de conciencia, la capacidad de desarrollar todo el potencial humano. No conocemos los límites de nuestras capacidades y perfectamente puede ser que el límite sea no tener límite para crear la nueva realidad constantemente. Existe un único requisito para esta creación: la consciencia. El cambio que somos se va produciendo de forma inconsciente, tanto a nivel individual como colectivo. Únicamente conduciremos y conducimos el cambio si hacemos consciente lo inconsciente. El lugar de ese cambio evolutivo es el “interior” de cada uno, albergue de nuestras capacidades. El desarrollo de las organizaciones y su potencial, por tanto, pasa por el desarrollo de los talentos de las personas que las forman.

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