Gestión de hábitos: el fundamento del liderazgo

Gestión de hábitos para el liderazgo

Gestión de hábitos para el liderazgo

¿Has deseado sinceramente alguna vez cambiar algún aspecto de tu vida profesional (o personal), y por más que lo has intentado has seguido encontrándote con los mismos obstáculos o cayendo en las mismas pautas de conducta? Esto suele ocurrir porque nos instalamos en una serie de “agradables rutinas” a lo largo de nuestra vida, agradables rutinas que se han instalado en nuestra mente no consciente quedando almacenadas en forma de hábitos. ¿Tienes áreas de mejora en la práctica de tu liderazgo? ¿Consideras que los líderes que tienes a tu alrededor pueden mejorar? Esto se puede lograr aprendiendo cómo realizar la gestión de hábitos.

Una historia sobre gestión de hábitos

Mi tío Art conducía el coche a toda velocidad camino del hospital mientras yo estaba inclinada hacia delante agarrándome al salpicadero para poder respirar. Mis labios se estaban amoratando y mi tío superó el límite de velocidad esperando que la policía se fijara en él y nos escoltara hasta el hospital para poder llegar antes. Al desmayarme vomité en el asiento del pasajero. Por primera vez pensé que no iba a contarlo.

Había suplicado e insistido a mis padres que me dejaran ir de camping. Quería con toda mi alma ser una niña normal. Viajar en coche al Blue Lake con mi tío Art y mis tres primos había sido uno de los momentos más felices de mi vida. Pero cuando acababa de meterme en el saco de dormir, empecé a tener un ataque de asma. Intenté controlarlo deseando que se me pasara. Pero no fue así. Estuve luchando contra él toda la noche, y a primeras horas de la mañana fui a despertar a mi tío para decirle que necesitaba ir al hospital. Apenas podía respirar.

Tardamos más de una hora en llegar al hospital más cercano. Las enfermeras y los camilleros se pusieron a hacerle preguntas a mi tío a gritos, pero él no sabía responder a ninguna. Estoy segura de que estaba muerto de miedo.

-¡La inyección! ¡La inyección! ¡La inyección! – intentaba decir yo esforzándome para que las palabras salieran de mi boca, señalándome frenéticamente el brazo. Me sujetaron los pies y brazos con correas. Cuando me obligaron a acostarme, me resistí con todas mis fuerzas porque en esta postura me costaba aún más respirar.

-Brenda, intenta mantenerte despierta – me dijo el camillero.

La enfermera llegó corriendo con una jeringuilla de adrenalina. Al ver la aguja sonreí por dentro. Cuando el fármaco entró en mi organismo, sentí calor y un hormigueo por todo el cuerpo. Ya todo iba bien. Pronto podría volver a respirar. Al recobrar el conocimiento, vi que mi tío tenía tan mala cara que parecía estar enfermo. El camillero me estuvo sosteniendo la mano hasta que papá llegó al hospital; al verlo entrar, me sentí segura. Llena de adrenalina, pero todavía muy débil, le pregunté incorporándome:

-¿Cuándo puedo volver a Blue Lake?

La empresaria Brenda Anderson comparte con este relato su propia historia. Y lo narra a modo de ejemplo de cómo la rutina que adquirió de niña para mantener la calma en las situaciones extremas le resultó muy útil en sus cargos de directiva y también para ganar en las competiciones deportivas. En el ámbito profesional le conocían por ser una persona capaz de afrontar las situaciones más difíciles sabiendo restablecer el orden. Cuenta que se convirtió en una mediadora sumamente eficaz gracias a que podía distanciarse de las distintas posturas y concentrarse en lo que percibían y comunicaban las personas implicadas. También se convirtió, señala, en una experta en “leer” los niveles de ansiedad de los demás. Y todo ello le ayudó a entrar en nuevas oficinas, nuevas regiones y nuevos puestos de trabajo y a ejercer rápidamente un impacto en ellos.

La gestión de hábitos como herramienta

Gracias a ese aprendizaje, para Brenda, la búsqueda de retos se convirtió en una “agradable rutina”. Quizá ésta sea una agradable rutina “grande”. Y todos tenemos de ese tipo y otras más pequeñas o de menor importancia: mantener el escritorio o el hogar bien ordenado, empezar el día con una taza de café bien hecho… Y, como todos podemos imaginar, también existen en nuestras vidas agradables rutinas que no nos ayudan o que, aunque lo hicieron durante algún tiempo, ya no lo hacen: mantener el escritorio o el hogar mal ordenado, en contraposición a la anterior, puede ser un ejemplo.

“El hecho de que algo te resulte familiar no significa que sea la forma más poderosa de utilizar tu talento.”

Para poder identificar las agradables rutinas que cada uno tenemos en nuestras vidas y, concretamente, las que emergen en la práctica del liderazgo, podemos comenzar por reconocer las más pequeñas; probablemente, de esta manera las más importantes se revelen por sí solas. ¿Pides siempre lo mismo para almorzar? ¿Eliges siempre la misma clase de amigos? ¿Lees cada vez las mismas secciones del periódico o de las webs que visitas? ¿Has llevado el mismo corte de pelo durante los últimos diez años?

Eliges agradables rutinas porque sabes moverte por ellas. Tus agradables rutinas son como patrones que sigues de forma no consciente en el desempeño de tus responsabilidades y en toda tu vida. Sin darte cuenta, eliges hacer aquello o realizar algo de alguna manera determinada porque te mantiene en un territorio que te resulta familiar. Y a pesar de que el “lugar” al que estás acostumbrado/a no sea el más efectivo o el más adecuado, es el único por donde sabes moverte. A menudo los amigos, los compañeros de trabajo, tu familia, los reconocen antes que tú porque no se han implicado emocionalmente con esa clase de mundos. Hasta que no seas consciente del proceso que sigues, siempre elegirás moverte por un “mundo” conocido antes que por otro desconocido. Entrenar la atención para poder hacerte consciente de tus propios procesos será el primer paso para poder realizar la gestión de hábitos. Cuanto más te cueste abandonar tus agradables rutinas, más ancladas estarán en tus acontecimientos del pasado, y te sentirás con menos inclinación a conectar con lo que está sucediendo en tu presente.

El proceso de la gestión de hábitos

Al entrar en una agradable rutina, es decir, al activarse un hábito, se suele sentir un instantáneo alivio: es un terreno que conocemos bien y pisamos con seguridad. Algunos de estos hábitos son inocuos, pero siempre ocultan alguna necesidad. Por otro lado, con los hábitos menos inocuos, después de sentir el alivio temporal que producen, suelen empezar a surgir una serie de emociones que revelan que, aunque creíamos estar progresando, en realidad no es así: sientes que te falta algo. Sabemos que estamos atrapados en un hábito porque, por más que intentamos variarlo, ya sea “andando con un paso más ligero o tomando un atajo”, nos mantenemos en el mismo sitio.

Hay por ejemplo, quienes les gusta trabajar bajo presión y creen que hacerlo les ayuda a mantenerse concentrados. Sin embargo, no es raro que alguna vez hayan hecho una rápida evaluación de la que después se han arrepentido, o que hayan llevado a cabo un proyecto que ha resultado ser de una calidad inferior a la que quería por falta de tiempo o energía. Y más aún, quizá no le haya ni siquiera gustado trabajar bajo presión.

Lo más llamativo es que si intentas cambiar, lo más probable es que ni tu mente ni tu cuerpo te hagan caso, porque están programados para funcionar de ese modo. Necesitas poner en práctica la gestión de hábitos. Cuando algo no te funciona en el ejercicio de tu liderazgo, puedes detenerte para preguntarte: ¿qué es aquello a lo que me he acostumbrado en mi manera de trabajar?

La gestión de hábitos y la PNL

Para comprender mejor y más técnicamente lo que sucede con las agradables rutinas o los hábitos, podemos servirnos del modelo de la Programación Neurolingüística (PNL). Desde la PNL podemos decir que los seres humanos interactuamos con el mundo a través de programas internos que se han configurado por medio de nuestros aprendizajes, de nuestras experiencias. Dichos programas o aprendizajes se producen a través de conexiones neuronales, conexiones que están sostenidas por el lenguaje. Saber que vivimos programados es ventajoso, pero lo más beneficioso es saber que podemos reprogramarnos: podemos desactivar los programas que nos limitan y activar otros nuevos que nos ayuden a conseguir nuestras metas. La variedad y multitud de técnicas que se han generado desde la PNL permiten desactivar las redes neuronales de nuestra programación interna y activar otras potenciadoras sirviéndonos, entre otras cosas, del trabajo con el lenguaje. La reprogramación es, por tanto, la clave de la gestión de hábitos.

Cómo efectuar la gestión de hábitos

El nombre de la PNL nos permite comprender cómo puede llevarse a cabo tal reprogramación. Desde que nacemos, como hemos dicho, vamos adquiriendo aprendizajes que se comportan en nosotros como un programa informático, de tal manera que vivimos “programados” (Programación), condicionados, por nuestros recuerdos, experiencias, creencias, patrones de aprendizaje… Dichos programas se instalan a través de redes neuronales: cada aprendizaje genera conexiones entre neuronas que, al asentarse de manera automática (hábitos) configura, junto a otros, toda una red neuronal (Neuro). Y la programación fruto de los aprendizajes que se asienta físicamente en redes neuronales está sostenida por el lenguaje (Lingüística): el lenguaje (verbal y corporal) estructura y es estructurado por nuestros procesos de pensamiento y sostiene nuestro comportamiento y disposición ante la vida.

Éste es nuestro funcionamiento natural y espontáneo. Y si utilizamos los mismos mecanismos para la gestión de hábitos y para generar nuevos aprendizajes que no nos limiten o que nos limiten menos, podemos “reprogramarnos”. Utilizando el lenguaje de una manera que construya y nutra, podemos generar nuevos pensamientos que desactiven las redes neuronales establecidas para activar otras nuevas de manera que transformen nuestras emociones y, al final del proceso, nuestro cuerpo, sede de las reacciones y conductas no conscientes, y así se cargue de una nueva química más saludable y más potenciadora.

La PNL, por tanto, es un modelo de desarrollo del ser humano que nos permite la gestión de hábitos y generar los cambios que necesitamos para alcanzar los resultados deseados de una manera eficaz y ecológica con todo lo que somos y con el sistema en el que nos movemos. Su aplicación al ámbito personal incrementa la felicidad, y en el ámbito profesional conduce hacia altos niveles rendimiento. Y la combinación de ambas facetas se traduce en resultados personales y corporativos. La aplicación de la gestión de hábitos al liderazgo convierte a esta competencia profesional en una potente herramienta para el éxito en facetas como la consecución de objetivos, la motivación, la comunicación, la delegación, la supervisión, la gestión del tiempo, el trabajo en equipo, la gestión de conflictos, gestión del estrés… Todo esto corrobora lo que ya hemos afirmado más veces: “El verdadero éxito profesional viene detrás del éxito personal.”

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